Los dioses griegos  I.E.S. Galileo


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CLITEMNESTRA, hija de Tindaro y de Leda, se casó con Agamenón, rey de Argos y Micenas.

Apenas Agamenón había dejado sus estados para tornar el mando del ejército que los griegos llevaron ante los muros de Troya, cuando su pariente Egisto se insinuó hábilmente cerca de Clitemnestra con seducciones y halagos, consiguiendo ser correspondido y llevando su audacia hasta vivir públicamente con ella. Sabedor Agamenón de tal perfidia juró a su vuelta castigar a los culpables, pero la muerte se anticipó a sus proyectos y el mismo día de su llegada a Grecia fue asesinado por Egisto y Clitemnestra. Después de este homicidio, la reina se desposó con Egisto, su cómplice, y ciñó a su cabeza la corona del reino.

Clitemnestra había tenido de Agamenón cuatro hijos: Ifigenia, Crisotemis, Electra y Orestes. Estos tres últimos vivían en Argos cuando su padre cayó víctima del puñal homicida. La misma suerte hubiese cabido a Orestes, a pesar de su tierna edad, si su hermana Electra no le hubiese enviado secretamente a la corte de Estrofio, rey de los focenses y cuñado de Agamenón. Estrofio acogió a su sobrino con demostraciones de afecto paternal e hizo que recibiera la misma educación que su imprudente primogénito Pílades.

Diez años hacía ya que Egisto y Clitemnestra gozaban con tranquilidad del fruto de sus crímenes, cuando Orestes, que preparaba su venganza terrible, fue a la corte de Micenas favorecido por Electra y bajo un disfraz que le hacía completamente irreconocible. Consiguió ser introducido como enviado de Estrofio a presencia del usurpador y su cómplice y les anunció que Orestes había muerto.

A esta noticia añadió todos los pormenores de su trágico fin, y les explicó cómo este príncipe ávido de conquistarse fama, pero en extremo temerario, al concurrir a los juegos píticos para disputar el premio en las carreras de carros, había hecho trizas la rueda contra la piedra que servía de mojón y hallado la muerte bajo los pies de sus caballos: al mismo tiempo les presentó la urna funeraria que contenía las supuestas cenizas de su hijo.

Egisto y Clitemnestra deseaban esta muerte con demasiadas ansias para no prestar una fe ciega al relato que de la misma habían oído, y sin poder contenerse más dan suelta a su regocijo y entre transportes de feroz alegría corren al templo de Apolo para bendecir a los dioses inmortales por tal liberación y ofrecerles sacrificios en acción de gracias. Orestes, juntamente con unos antiguos y fieles servidores que Electra había instruido en el complot, se escurre entre la gente, siguiendo sus pasos. Uno de los criados se arroja sobre Egisto y le asesta un golpe mortal: Orestes clava el acero homicida en el seno de su madre.

La multitud se agolpa a su alrededor: Orestes les dirige la palabra; los demás al escucharle le reconocen por el hijo de Agamenón y en medio de públicos regocijos sube de nuevo a ocupar el trono de sus abuelos.

Pero también desde este momento los remordimientos y una triste melancolía turbaron continuamente su alma. Las Furias vengativas se encarnizaron acosándole en todo momento, sin dejarle día y noche punto de reposo. En vano intentó librarse de tal pesadilla ofreciendo sacrificios expiatorios, en vano acudió a Atenas para someterse al severo juicio del Aréopago que, en vano también, le absolvió; la calma no pudo renacer en su corazón. Como último recurso fue al templo de Apolo en Delfos y, después de haber preguntado a la Pitonisa, obtuvo como respuesta que «no podría librarse de las Furias sino yendo al Quersoneso en la Táuride para arrebatar del templo de Diana la estatua de esta diosa».

Se embarcó Orestes y con él Pílades, su amigo y consolador, Pílades que no lo había abandonado ni aún en los mayores accesos de demencia. Las leyes de la hospitalidad eran desconocidas en la Táuride y aun tenían en este país bárbaro la costumbre de inmolar sobre el altar de Diana a los extranjeros que allí llegaban por casualidad o que alguna tempestad obligaba a abordar. Apenas los griegos hubieron bajado de su nave, son hechos prisioneros, agarrotados y conducidos ante el rey Toas que pronuncia contra ellos la sentencia de muerte y les anuncia su próximo suplicio.

En aquel entonces lfigenia, hija de Agamenón y hermana de Orestes, prestaba en el templo sus servicios de sacerdotisa. Diana la había transportado del puerto de Aulis a esta apartada región.

Se hacen mientras tanto los preparativos para el sacrificio. lfigenia se acerca a los dos desgraciados y al trabar conversación con Pílades sabe que son naturales de Grecia, se interesa por su suerte y se ofrece a salvar la vida al que de los dos se comprometa a llevar una carta de su parte a Micenas. Al oír Orestes el nombre de Micenas, su ciudad natal, sale de su mudo horror, se acerca, inquiere de la sacerdotisa, la ruega que conteste a sus preguntas y ella refiere su pasado, por lo que Orestes reconoce en aquella sacerdotisa a su hermana primogénita que él creía muerta desde hacía veinte años.

Desde este momento ya entre ellos no se trata sino de cómo podrán realizar su fuga, llevándose consigo la estatua de Diana. Por otra parte, el parricidio de Orestes da a Ifigenia un pretexto fácil para diferir el sacrificio. A este efecto ella replica a Toas que estos extranjeros son víctimas impuras, pues que uno de ellos es un asesino y no se les puede, por tanto, conducir al altar sin haberlos purificado».

El rey accede fácilmente a un aplazamiento del que se aprovecha lfigenia para robar la estatua que estaba confiada a su custodia y embarcar con Orestes y Pílades. Al tener Toas noticia de su huída y del robo cometido en el templo, llama a su piloto, hace equipar un navío y ordena que vayan a la captura de los raptores y que los lleven a su presencia. Minerva le detiene y le prohibe que los persiga. «Orestes - le dice la diosa -ha venido a esta comarca por orden de Apolo para librarse de las Furias que le atormentan y arrebatar la estatua de Diana: Neptuno te protege; tus esfuerzos para alcanzarle serían inútiles. »

Libre ya de las iras de las Furias, Orestes desembarca en Micenas, toma posesión del trono y quiere desposarse con su prima Hermione, hija de Heleno y Menelao. Anteriormente Hermione le había sido prometida en matrimonio, pero durante su viaje a la Táuride, Menelao la había dado por esposa a Pirro, cuya reputación igualaba a la de los más grandes héroes. Orestes hace valer sus derechos a la mano de Hermione, pero en vano. Pirro, después de desposarse con ella, se la llevó a Epiro mofándose de las quejas de su rival. Hermione, que no podía soportar el yugo de este matrimonio, resolvió librarse de él a toda costa. Se pone en inteligencia con Orestes y traman los dos un complot contra la vida de Pirro. Se consuma el homicidio y Orestes, en premio de su crimen, recibe la mano de Hermione y la corona de Esparta.